El amor secreto de Crucita

 

El otro día se armó una gallareta intensa en la oficina. Crucita llegó hasta su escritorio con una sonrisa de oreja a oreja y cinco rosas envueltas en un gran lazo.

Rita, que suele enviarse flores ella misma para luego decir que fue su enamorado, sacó la cabeza de su computadora y con tono de envidia preguntó:

– ¿Dónde compraste esas flores tan bonitas?»

Crucita la miró y le contestó, sabiendo que esa
era una pregunta colectiva:

– No las he comprado, me las han mandado.

Sonó un aplauso, y el murmullo de los comentarios llegó hasta el pasillo. Como si la urgencia de acompañamiento fuera nuestra, no suya, la algarabía no cesó. Luego de mucho tiempo de aparente soledad, Crucita, por fin, tenía un nuevo amor.

De inmediato surgieron las preguntas sobre la identidad del autor. Crucita no respondía, solo reía y reía.

Se acercaba la fecha en que se celebra a los enamorados y un tema pendiente era la distribución de las tareas decorativas, y la coordinación de aquella tradicional fiesta en la oficina. 

Pero esa mañana todos nos desconcentramos porque Crucita, que nunca compartía tema alguno sobre su vida íntima y que tampoco parecía estar de algún modo emparejada, hoy solo fue sonrisas «y todo gracias al amor», como dice la canción.

De escritorio en escritorio las especulaciones se convertían en conjeturas y supuestas historias. En un momento fue inquietante ver todo lo que puede desencadenar nuestra curiosidad por la vida privada de otra persona.

Cuando por fin el alboroto se disipó y ya no tenía mirones a su alrededor, Crucita leía la pequeña nota que junto a las flores le hizo llegar su amigo y su doctor:

¡Feliz día de la amistad!

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