La soledad y no la de Laura Pausini

Todavía me acuerdo de cómo algunas personas decían –convencidas– que la pandemia sacaría lo mejor de nosotros, que nos haría mejores humanos. Cuánta fe, cuánta ilusión.

Hace justo un año que toda esta pesadilla inició, pesadilla sí; porque a muchas familias les tocó, y aún les toca, vivir situaciones realmente difíciles, económicas, de salud, de angustia, de muertes.

Un año pasa rápido, tan rápido como la vida misma que se ha transformado y nos tiene «atrapados» en esta nueva realidad. Toda crisis deviene en crecimiento y avance, pero en ese proceso de transformación hay quienes pagan un alto costo.

La pandemia nos ha obligado a luchar por mantenernos vivos y cuerdos, sobre todo cuerdos ante tantos cambios bruscos e inesperados.

Ha sido un gran reto, y mientras pasan los meses y el mundo sigue girando en busca de recuperar su dinamismo, también ha quedado al descubierto que no es verdad que resultamos en mejores personas. No, qué va. Los buenos siguen siéndolo y los malos, esos no parecen tener remedio.

Todo el que pudo aprovecharse de esta situación y de los más vulnerables lo hizo, y lo sigue haciendo. Se supone que así es la vida, si pensamos en el dinero y el poder, claro. Pero uno espera que, en medio de una crisis de tal magnitud, el humano actúe como miembro de un mismo equipo, por el bien de todos. Dizque «mejores personas», ¡já!

Aunque volvemos poco a poco a la normalidad, todavía hay quien sufre las secuelas emocionales de ansiedad y soledad. El avance sin aprendizaje es solo tiempo perdido.


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