Hablando de decoración navideña…


Desde que vivo sola renuncié por completo a la idea de decorar la casa por la Navidad. ¿Qué sentido tendría? Siempre veía y escuchaba a mis amigos y familiares con un estrés pre-navideño porque tenían que armar el arbolito, cambiar cortinas, sacar vajillas, que si los cojines, que si poner un par de renos en el baño para sostener el papel de sanitario. Y luego en enero la trabajosa tarea de recoger todo como en “foni uno” … ¿en serio me iba a sumar a esa histeria colectiva? No.
Por supuesto que soy el “Grinch”, siempre ha sido así. Pero es que, además, no tengo ni presupuesto – ni fuerzas- para las compras de accesorios navideños. Y me abruman los pasillos de las tiendas con sus miles de opciones de coronas para las puertas, el sin fin de objetos de innumerables formas, duendes, bolas, cascabeles y personajes en rojo, verde, azul, morado, blanco…. ¡Uff!
En mi edificio, el único apartamento que no tiene sus bombillitos es el mío. Mis vecinos se han esmerado tanto con las luces del balcón que la construcción parece desde afuera un rostro al que le falta un diente o un ojo, por culpa de mi ventana donde solo brilla un apagón. Ni siquiera tenía idea de que su fanatismo con la Navidad era un asunto de tradición: todos decoraron el mismo día en que inició Cima Sabor Navideño y ¡hasta una fiesta hicieron!
Pero debo confesar que estoy contando esto como justificación previa para admitir que hace un par de días algo sucedió: compré una extensión de luces navideñas. Sí, probablemente me estoy haciendo mayor. El inconveniente ahora es que se enredaron de tal forma que terminé metiéndolas en un jarrón. No me sorprende, siendo yo.

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