Cena de reconciliación


Felipe y yo nos queremos. Tenemos una bonita relación que respeta los espacios. Ni él anda tras de mí ni yo detrás de él. Nos tenemos, con la certeza y la conciencia de la libertad. Compartimos con nuestros seres queridos y los aceptamos. Yo acepto, por ejemplo, a su madre.
Pero la señora no acepta algunas cosas de mí: la honestidad con la que digo las cosas, que ni en sueños soy ni seré una mujer sumisa y tampoco acepta mi cabello.
Y acabo de recordarle todo esto a Felipe, que hace poco me llama para decirme que estamos invitados “a cenar con mamá”.
-Pero es un relajo, ¿verdad?
-No. - me contestó-

-Tengo mucho sueño, amor, estoy cansada. ¿Tengo que ponerme a esta hora de la mañana a hacerte una lista de todos los momentos épicos que ha protagonizado tu madre, en favor de que soltemos esto en banda? Le pregunté yo.

Cuando la doña supo de mi existencia en la vida de Felipe no hizo esfuerzo alguno por disimular que mi afro anaranjado era un tanto peculiar.
-Felipe, ya me conoces. No voy a lisarme el pelo y no voy a cambiarlo de color para asistir a una cena con tu madre.
Pero me convenció. No de cambiar mi cabello, me convenció de ir a la cena. Aunque no parezca, yo estoy dispuesta a muchas cosas por él. Es sorprendentemente romántico sin empalagar, baila conmigo en cualquier rincón de la casa y acepta el espíritu libre que habita en mí. Por eso cedí.
Y su madre también… Al parecer, Felipe se pasó este año cultivando la tolerancia y la inteligencia emocional de su madre. En la mesa, durante la cena, doña Rita me sonrió. Pero también se disculpó por sus desaires y por su falta de amor. Sorprendida, la comprendí y la perdoné. Es Navidad. Démonos un chance.






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