Una mañana en el banco
Puede que
mucha gente no se identifique con esta historia porque desde que existen los
servicios electrónicos las visitas al banco, para los de mi generación, son
cada vez menos frecuentes. Sin embargo, no me voy a quedar callada porque todos
en algún momento tenemos que hacer fila en un banco.
Entonces, en
un país donde abundan los tapones, donde hay que pensarlo muy bien para
“agarrar” ese carro y aventurarse a las calles a realizar algo que sabes que en
tiempo real te toma 15 minutos, pero que entre la burocracia y el tránsito
tardarás una o dos horas; no es posible tremendo abuso.
A esta hora
de la mañana yo debería estar en el salón, recibiendo en mi cabeza los masajes
de Bethy, la única que se atreve a enfrentarse a mi abundante afro, pero no; tuve
que posponer mi “beauty day” porque
temprano me avisaron que el cheque que me debían de un “picoteo” por fin tenía
fondos. Y yo, rauda y veloz, no lo pensé dos veces y vine al banco buscar ese
dinerito.
Han pasado
ya 30 minutos y el próximo turno es mío. Mientras esperaba, tuve que disimular
que escuchaba música con unos audífonos para que el don detrás de mi dejara de
buscar mi opinión sobre la situación del PLD.
Entonces,
cuando por fin creo que la cajera me hará pasar, en mi lugar, llamó a un fulano
que acababa de llegar y al que saludó muy sonriente con todos los dientes.
Él le
correspondió y le pasó unos chocolatitos y de inmediato iniciaron una amena
charla sobre lo bonito que estaba el día. ¡Explíquenme!
Por si
usted no lo sabía, ir al banco a hacer transacciones es toparse con estos
tratos “VIP” sin el menor disimulo, porque lo hacen con todo el descaro del
mundo: ¡Delante de todos!
Y mi tiempo
y el de los del resto de la fila, ¿qué?
¿Ustedes
saben qué es lo peor? Que, si uno se rebela y arma tremendo alboroto
protestando por el irrespeto, la mayoría de los presentes te tildarán de
revoltosa y poco tolerante. ¡Ay, por favor!

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