Aquellas vacaciones de Semana Santa
Uno tiene que saber muy bien para dónde va o para
dónde es que lo llevan. Desde aquella vez que Marsela fue la encargada de hacer
las reservas para las vacaciones de Semana Santa nunca más le he vuelto a
confiar esa tarea.
A “doña Marsela” se le llenaron los ojos con una
oferta y, como todo consumidor ciego por la ganga, no se preocupó por
investigar lo que había detrás y mucho menos por consultar las experiencias y
los testimonios de otros clientes en Internet.
Pues la engañaron y, de paso, también a mí. En
aquel entonces ninguna de las dos teníamos planes concretos y nos negamos
rotundamente a pasar esos días libres en la ciudad mientras que medio país
estuviera en la playa o en algún “junte” que nos hiciera ver lo aburridas que
estaríamos nosotras.
Hacía calor, necesitábamos un nuevo aire, algo
diferente y estábamos tan cansadas del turismo de masas y el bullicio que
acordamos irnos hacia otro lado: ¡el campo!
El ecoturismo estaba poniéndose de moda así que la
idea de viajar para una aventura natural y cultural era un plan perfecto. Oh
casi...
Señores, la aventura y la espontaneidad son dos
cosas de las que presumo, pero ni el más aventurero iba a aguantar lo que nos
pasó. El negocio ofrecía “hermosas cabañas campestres en medio de la
naturaleza”. El lugar era lindo, sí. La cabaña que nos asignaron no lucía muy
higiénica, pero aún así no me quejaba. Las camas no eran muy cómodas pero podía
aguantar eso unos días; con lo que no podía era con el insoportable olor que
entraba por la ventana, y cuando me asomé para saber si era que el mundo que se
estaba acabando, veo con asombro que nuestra vecina era una letrina.
- ¡Pero
Marsela! - Grité.
- Tenemos que irnos ¡ahora mismo! - Le dije.
Pero ella no respondía y estaba como el Chavo del
Ocho cuando le daba la garrotera.
Marsela intentaba señalarme las más de cinco
cucarachas que salieron de la nada y que, al parecer, nos atacaban como a
intrusas porque les invadimos el espacio.
Después de esto hemos vuelto al campo, nos encanta
hacer turismo interno; pero ya nos aseguramos de no lanzarnos a la aventura con
cualquiera.

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