Cantando amores y penas en el karaoke

Somos sicólogos unos de otros. ¿No es una de las funciones de este profesional la de escuchar a sus pacientes? Bueno, pues eso es uno cuando va al Karaoke. No puede ser de otra manera para quienes asistimos a este espacio con un público que nos escucha y nos aplaude pacientemente mientras cogemos el micrófono y nos creemos cantantes.
Hay que admitir que muchas veces uno va a desahogarse, a decir con canciones todo eso que uno quisiera decirle a par de gentes, o a “ese” o a “esa”. 
La música siempre ha sido la mejor aliada para estas cosas, sobre todo para las del querer y las del desamor. Cuando no se sabe cómo decir lo que se siente: uno dedica una canción. Y de esta misma forma, cuando uno sí sabe lo que tiene que decir, pero no se atreve: uno va al karaoke a mandar ese mensaje con todo el mundo, con la excusa de que quien lo dice es la canción; no uno. 
Pero resulta que a veces el destinatario está entre el público y en medio de esos desafines, sin querer, descubrimos el mensaje y la cara de a quién fue que “le sirvió ese sombrero”. 
En una experiencia reciente con amigos y compañeros de trabajo; con quiénes solemos ir a este refugio de los “cantamalo”, por culpa de unos colegas llegamos a sentir vergüenza ajena. 
Aún no sabemos bien cuál es el motivo del enojo entre los dos, pero al igual que en una discusión cualquiera, se armó un acalorado dime y direte de canciones que llegó a su fin gracias a que Manuel, el DJ, se acercó y nos dijo: “veo venir el desastre, vayan a bajarlos de tarima”.  ...y se aguó la fiesta, al menos para mí que estaba en turno para cantarle una canción a Felipe a ver si entendía “el mensaje”; es el único lugar en el que me atrevo a cantar, y ya se me habían quitado las ganas. 

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