Ahora que hablan de padres...


Un aguacate, un mango, una flor…cada mañana de fin de semana despertaba con alguna sorpresa en mi cama, en la mesita o a la salida de la puerta de mi habitación.

Hubo alguna vez que fue una piña, una berenjena de nuestro huerto y hasta un ramo de verduras con el que se anunciaba que ese día comeríamos sancocho.
También llegó a ponerme sobre la almohada una auyama, y con cada nueva sorpresa yo estallaba en risas o carcajadas.

Este era el método con el que mi papá me despertaba.
Fueron años de bromas mañaneras con regalitos inesperados. 
También se divertía como un niño cuando, en vez de objetos, iba despacito y se sentaba a tocarme una divertida serenata.

Cantaba como loco, bailaba, y si la canción llevaba trompetas se ponía a imitarlas. Yo abría los ojos, primero enojada y luego muerta de risa: “Papi, tú no puedes estar más loco”. Entonces se reía y a veces decía: “Esto fue un espectáculo para que se despierte la princesa de la casa”.

Dicen que los muertos más desdichados son los que pasan al olvido. Yo pienso en mi padre cada día de mi vida. Cada cosa que hizo y cada conversación que tuvimos fue la forma más perfecta de prepararme para cuando ya no estuviera.

Se hizo inolvidable, sabía que la vida es un ciclo y que yo debía tener las armas necesarias para enfrentarme a ella. Mi papá fue el hombre más detallista del mundo, fue el hombre que me lo dio todo sin tener nada.

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