Conquistando a un hombre con un perro
Hace mucho que Marsela no me salía con una de las de ella. ¿Ustedes no tienen una amiga de esas que cada cierto tiempo como que chispea?
Bueno, la nueva de Marsela es que quiere un perro.
Ella dice que necesita uno para ir al parque.
Lo tiene todo planeado: me dice que adoptará un perro para que sea su mascota, que lo llevará a pasear con ella mientras se ejercita en el parque y que un día de esos, que ella espera que no sea uno muy lejano, se volverá a topar con el muchacho alto que siempre va con su perro, y con el que ha cruzado miradas fugaces.
Unjú, le digo. Veo que lo pensaste todo muy bien ¿eh?
Sí, sí. Me contesta ella emocionada.
Sí, Mati, es que cuando nos volvamos a encontrar su perro querrá jugar con el mío y entonces ahí es cuando voy a aprovechar para acercarme y que empecemos a hablar.
¡Marsela me da una risa! Por más que yo le cuento mis propias experiencias y ella se entere por otros medios de la crueldad del mundo, no hay forma de que ella abandone su ingenuidad. Además de risa, a veces me da hasta envidia, porque es que, pensando y viviendo como ella, nunca se acaba el factor sorpresa.
Ella armó su plan perfecto. Le hice algunos comentarios que se dio el lujo de ignorar y salió de mi casa a buscar un perro para adoptar. Pero adivinen que: a Marsela no le gustan los perros. No le gusta ni tocarlos, no los maltrata ni nada, pero ella siempre ha sido más de los gatos.
Yo quedé pensando que ella debe estar bastante atraída por aquel chico del parque que decidió hacer ese sacrificio.
Por eso, cuando llegó ese fin de semana y Marsela se levantó temprano, se vistió y cogió para el parque con su perro; yo no aguanté la risa. Ese nivel de decisión en ella, precipitado y sin tomar en cuenta ciertos aspectos, no podía terminar bien.
Y así fue. Horas más tarde se apareció en mi casa con la cara larga.
Marsela. Le digo, ¿Y el perro?
Lo llevé de regreso.
Mi amiga se encontró con el «jevo» acompañado de su perro…y con su novia.
¡Ay Matilda, no era soltero!
Lo tiene todo planeado: me dice que adoptará un perro para que sea su mascota, que lo llevará a pasear con ella mientras se ejercita en el parque y que un día de esos, que ella espera que no sea uno muy lejano, se volverá a topar con el muchacho alto que siempre va con su perro, y con el que ha cruzado miradas fugaces.
Unjú, le digo. Veo que lo pensaste todo muy bien ¿eh?
Sí, sí. Me contesta ella emocionada.
Sí, Mati, es que cuando nos volvamos a encontrar su perro querrá jugar con el mío y entonces ahí es cuando voy a aprovechar para acercarme y que empecemos a hablar.
¡Marsela me da una risa! Por más que yo le cuento mis propias experiencias y ella se entere por otros medios de la crueldad del mundo, no hay forma de que ella abandone su ingenuidad. Además de risa, a veces me da hasta envidia, porque es que, pensando y viviendo como ella, nunca se acaba el factor sorpresa.
Ella armó su plan perfecto. Le hice algunos comentarios que se dio el lujo de ignorar y salió de mi casa a buscar un perro para adoptar. Pero adivinen que: a Marsela no le gustan los perros. No le gusta ni tocarlos, no los maltrata ni nada, pero ella siempre ha sido más de los gatos.
Yo quedé pensando que ella debe estar bastante atraída por aquel chico del parque que decidió hacer ese sacrificio.
Por eso, cuando llegó ese fin de semana y Marsela se levantó temprano, se vistió y cogió para el parque con su perro; yo no aguanté la risa. Ese nivel de decisión en ella, precipitado y sin tomar en cuenta ciertos aspectos, no podía terminar bien.
Y así fue. Horas más tarde se apareció en mi casa con la cara larga.
Marsela. Le digo, ¿Y el perro?
Lo llevé de regreso.
Mi amiga se encontró con el «jevo» acompañado de su perro…y con su novia.
¡Ay Matilda, no era soltero!

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