Hoy tengo demasiadas preguntas

Nada es grave ni gran cosa hasta que no te pasa a ti, a un familiar o a un conocido. Así están las
cosas. Todo el mundo puesto para lo suyo a costa de lo que sea y al precio que sea. La sociedad está tan distorsionada que el “hoy y el ahora” es lo único que importa.

Esa frase es perfecta repetírsela cuando se está demasiado preocupado por el futuro, mientras se está vacacionando, compartiendo, disfrutando; para calmar cierto grado de ansiedad que se le mete a uno mientras piensa en exceso por lo que aún no ha sucedido.

Pero la verdad es que en la cotidianidad; en el día a día nuestras acciones y la forma en la que nos relacionamos con los demás sí debería importar. Porque usted no es una isla, y lo que da más vuelta después de un trompo es la vida.

Es precisamente la gente, tu gente, la que va a meter la mano por ti, la que va a estar ahí, te dirá que sí y buscará la forma de impulsarte o canalizar la ayuda que necesitas. Es esa gente que va a apoyarte y a recomendarte a cambio de nada solo por la forma en que los trataste o te comportaste con ellos. Por más insignificante que parezca o se crea, hay gente que apuesta a ti por ti.

Me he dedicado a reflexionar de más, lo admito, pero es que al cerrar los ojos veo un caos interpersonalizado, un individualismo tan interesado y descarado que termina por acabar con la confianza.

¿Es que no lo ven? Una sociedad que busca, premia, aplaude y ha convertido en sinónimos palabras como éxito y popularidad. Y el resto de los roles, ¿sino son populares, no son famosos, no importan? ¿Hay que desmeritar a todo el que no nos sirve para nuestros propósitos personales y profesionales? ¿Nadie piensa en la cadena de hechos y consecuencias en las que nos vemos indirectamente envueltos por las cosas que no hacemos, las que hacemos y cómo la hacemos?

Quizás estamos ante una evolución emocional de cómo percibe o entiende el hombre que debe ser la sociedad. ¿Y después qué?

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