Oda gastronómica a la madre

Algunas madres tienen una hormona que muta y desarrolla en ellas la creencia de que todo problema se resuelve en la cocina. “Te preparé lo que te gusta”, “Ven a comer hoy”, “¿Quieres un postrecito?”…estas son preguntas que a muchos les sonarán comunes porque nuestras madres y abuelas, que nos aman más que a nada en el mundo, parece que sí pueden confirmar que el amor entra por la boca.
No bien llega el viernes cuando ya están comprometiéndole a uno la agenda del fin de semana para un sancocho, un arrocito con habichuelas  o un pati-mongo. ¿Quién se resiste?
Y esta conducta se refuerza más si te atreves a decirle que necesitas hablarle o consultarle sobre algún problema; “nadie piensa con la barriga vacía”, dicen ellas, y uno no se niega.
Sea lo que sea que esté pasando en el mundo, esas madres entienden que primero hay que comer, como si en ella funcionara el dicho “como y luego existo”. Pero en honor a la verdad creo que no se trata de satisfacer el hambre que ellas creen que puedan tener los hijos o los nietos.
Me costó años entender que detrás de este asunto madre- cocina, que luce cotidiano para muchos, hay en realidad un ritual no escrito sobre la unión y la tradición familiar.  
Sea cual sea la situación por la que atraviese la familia, en una misma casa, el punto de reunión o coincidencia será en la mesa.
Mientras comemos somos uno, nos desahogados pero también nos apoyamos. Y esta es una de las mil cosas que las madres fomentan sin que nos demos cuenta. La comida nos une, y la esperanza es que llegada la hora de fregar los platos el problema o inconveniente esté resuelto, o ya no parezca tan grave. Sí, “barriga llena, corazón contento” y uno contento todo lo ve diferente, ¿no?
Pero también, el asunto es que mamá no entiende que en cada visita preparar 25 platos no es lo prudente. Y atrévete a decirle que no, para que tú veas.

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