Cuando el ruido se va a otra parte


La brisa es siempre la que anuncia este tiempo. El sol tiene un brillo especial y los días tienen un color  indescriptible pero tan palpable que pudiera masticarse si uno cierra los ojos y abre la boca.

Es la cuaresma, que transcurre paralela a las semanas iniciales de la primavera, por eso estas horas del año son tan inconfundibles. Hay plantas florecidas por toda la ciudad, como una explosión de colores difícil de ignorar. Pero al mismo tiempo, las calles se visten con las hojas de algunos árboles que hacen mutación; como el almendro y el aguacate que, si te llevas de ellos se te caen los brazos barriendo.

Ese mismo deshoje es el que hace que los rayos del sol se cuelen con una dirección un tanto diferente. Y también empieza a arreciar el calor, porque la llegada de este período es la despedida oficial y definitiva del chin de fresco que podía quedar de principios de año, si es que aún quedaba.

Y como una fiebre se va contagiando entre la gente la búsqueda de opciones para coger carretera, para disque descansar en ese brevísimo tiempo al que llaman en los periódicos como “de asueto”.

Es aquí donde comienza mi éxtasis. Al igual que todos ellos yo también espero con ansias estos días, y le ruego al universo porque todo aquel que desee irse, al final se vaya.

No es que sea una antisocial, no me malinterpreten. Es que toda la vida he amado el silencio que reina en la ciudad abandonada. Cuando todos han buscado trasladarse al monte o a la playa, yo me siento como cuando dejan a uno solo en la casa: veo a la ciudad como a un gran patio en el que de inmediato armo cocinados o una parrillada, hago paseos matutinos, monto una piscina artificial en la terraza; hay tranquilidad, cada día preparo traguitos coquetos y refrescantes. Es el clima y la calma mientras el ruido está allá, en otra parte.

 

 

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