Entre dos amantes


A veces me ocurre que no sé qué voy a almorzar. Ese día salgo sin rumbo fijo de la oficina y dejo que el cuerpo me lleve a donde quiera; así fue que terminé en la tienda de la estación de gasolina de la esquina. “A comer disparates al medio día”, fue lo primero que pensé cuando hice conciencia de que estaba entrando al diminuto y variado establecimiento que tiene disponible desde bloqueadores solares, calipsos y vinos a temperatura exacta para tomar, hasta monederos y empanadas horneadas de jamón, queso y salsa de pizza. 
Cuando entré, un hombre de mediana edad estaba sentado, solo, en una de las pequeñas mesas. Por inercia me senté en la mesa de enfrente sin saber que al hacerlo me tocaría ser testigo de lo que venía, o más bien; la que vendría.
El hombre miraba su reloj con cierta frecuencia y la pantalla de su celular se iluminaba de cuando en cuando con lo que yo asumo eran mensajes que ingresaban a su WhatsApp. Él los miraba sin perder la calma y cuando vi que una sonrisita se puso en sus labios sentí que debía “bajarle dos” a mi posición de pendenciera.
-Mati, no seas metiche-, le dije a mi curiosidad.
A mi empanada me la estaba comiendo sin ganas; dándole tímidas mordidas al mejor estilo de quien come solo por comer, para irse a terminar el letargo de un viernes cargado de trabajo.  Cuando ya me dispuse a concentrarme en lo mío, ella entró, caminó hacia su hombre y con un movimiento coqueto se agachó y besó una de sus orejas. Dijo algo y tomó asiento.  A esas alturas ya yo sobraba en la escena. Este era el momento para que entrara alguna de esas personas que tienes muchos años sin ver y que te las encuentras cuando menos te los esperas y donde menos te lo imaginas. Pero nadie entró. Eran ellos, llenándose de cariños, mi empanada y yo.


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