Una carta para ti


Hay muchas cosas que no se dicen y temas que no se tocan cuando un pariente enferma de cáncer. Como en una colmena, en una familia unida los esfuerzos se concentran en proteger, reparar o resolver un problema. Y en el proceso hay desgaste físico pero sobre todo emocional. Porque, aunque afuera todo siga igual, la perspectiva de los afectados se torna gris. Es como si la realidad se vistiera de unas ropas que impiden la distracción, el respiro o el disfrute con otras cosas. Y realmente, nadie tiene la culpa. Hay una prioridad y esa es darlo todo, hacerlo todo, estar siempre; es un deber como miembro, como familia. Y se calla. Se calla el sufrimiento propio, la angustia, la incertidumbre, las dudas, las deudas y el cansancio.
Cuando alguien sufre esta enfermedad es un error alimentar el discurso de que se está en una batalla y que quien lo padece es una guerrera o luchadora. Es una dolencia que consume y que hay que afrontar con la mejor actitud que permitan los ánimos, para alivianar la carga, para estar conscientes del proceso de curación, para no sentir culpa si al final la sanación no sucedió, para disfrutar, unidos, de cada día sin falsas esperanzas. No es un pleito que hay que echar, y no fueron menos “luchadoras” quienes partieron de este mundo ni las que lloran desahogando su pena.
Cuando en una familia se da una mala situación u ocurre una desgracia, todos son víctimas. Porque no hay nadie que salga ileso o se haga el “ajeno” ante el sufrimiento, dolor o queja de uno de los suyos.
Toca a todos el fomentar una cultura de prevención dentro del hogar, el pasar de generación a generación el valioso instrumento del saber, el procurar que existan rutinas de chequeos médicos que nos puedan salvar. 

(Escribí esta carta a propósito del Día Internacional del Cáncer de Mama. Pensé en aquellos que, como yo, también pasaron por el dolor de perder un familiar por la enfermedad. Quise ser justa y honesta)

Comentarios