Una legión de desconocidos
Ahora no nos conocemos. Tenemos la excusa perfecta para no saludarnos, para ignorarnos y para, ante la duda, decir que es por culpa de este objeto que nos cubre la mitad de la cara.
Si el mundo se fue convirtiendo en una rueda sin freno por las prisas del día a día, ahora sí es verdad que llegamos a donde íbamos.
Porque, a pesar de los esfuerzos de algunos de llevar una vida normal ante esta “nueva normalidad”, uno anda en la calle estresado, preocupado y, ¿quién lo diría?, más ensimismado que nunca.
Amemados, nadie conoce a nadie. Andamos inseguros de quién es quién, y más bien preocupados por no tocarnos la cara y no dejarnos tocar por el otro, no vaya a ser cosa.
El supermercado, ese sitio preferido de la casualidad para juntar a la gente que hace mucho no se veían, se ha convertido en un almacén hostil, en una pasarela de almas con máscaras, a las que solo se les ve la mirada. Ahora ya no importa si vamos con pijamas al súper porque nadie nos reconocerá. Y, sin embargo, no hace mucho todos pasamos por lo mismo: ibas al supermercado con tu peor facha y te topabas con el que te gusta, o peor: con la nueva de tu ex, y con tu ex.
Ya da igual. Todos jugamos al juego de la indiferencia: me miras, te miro, te conozco, pero no estoy segura, afinamos la mirada… Bueno, mejor no nos arriesgamos, y sigamos nuestros caminos que anda el virus.
Una legión de desconocidos que mira sin mirar. ¿Cómo será el futuro de la socialización? ¿Cómo es que nos vamos a enamorar o a coquetear? ¿Será que ahora todo será por Zoom o Tik Tok? Todo lo que ha venido con la pandemia me ha puesto muy seria, o quizás es la edad. Este año, al que todavía le quedan meses, me atrevería a apostar que todos hemos envejecido forzosamente.
Y los positivos, no los infectados, sino aquellos que en todo ven un jardín de rosas, ¿qué dicen ante tanta angustia?, ¿siguen sonriendo en modo negación?

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