El club de padres de Liquito

Liquito, así llamaba mi padre al padre de mi mejor amiga.
Un hombre jovial, alegre y dicharachero; Liquito era esa clase de persona que siempre estaba dispuesto para compartir un cuento o una anécdota jocosa. Y esa personalidad se la contagió a los demás miembros de su familia.

La casa de mi amiga era conocida por su número: “La cuatro”. Quedaba justo en la esquina y su espaciosa marquesina funcionaba como el salón de festejos del vecindario. 

El ánimo de compartir y ese espíritu de disfrutar de la vida llevaban a Liquito a permitir que las celebraciones siempre terminaran en su casa y más allá: en la acera.  

Todas las tardes las mecedoras de hierro pintadas de blanco estaban afuera. Dos javillas centenarias habían levantado el pavimento pero la  sombra era muy buena. Un escenario que Liquito consideró ideal y neutral para que, poco a poco, se convirtiera en una peña.

Cada día, los papás de la calle acudían al llamado visual de las mecedoras blancas. Mientras tomaban  cerveza, conversaban sobre “la pelota”, se ponían al día con temas económicos y culturales, y a veces discutían altísimo sobre los artistas haciéndole competencia a los boleros que sonaban en la radio.

Nosotros, las niñas y los niños, rondábamos y jugábamos cerca. Todos estábamos bajo el cuidado de todos los padres mientras las madres  respiraban un poco de nuestras travesuras o preparaban picaderas o cocinao´s, de acuerdo a la ocasión.
Quizás sin querer, Liquito formó un club que entretenía a los papás pero que también nos dio el ejemplo del sano compartir, el brindis, la buena música, la alegría y la hermandad
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