El libro que vino con audio


Estaba muy contenta. A muchos les puede parecer una tontería, pero, luego de varios días agotadores, por fin tenía una tarde LIBRE.
Para que tengan una idea más clara, mientras muchos disfrutaron en Semana Santa y se dedicaron a “explotar ojos” en las redes sociales posteando fotos sobre lo mucho que se la estaban gozando: yo estuve trabajando. Sí, todos los días.
Y es por eso que esa tarde que conseguí solo para mí, libre de compromisos, la estaba saboreando con una felicidad infantil.
Marsela quiso que aprovecháramos el tiempo para salir y comprar nuevos lentes de sol. Le dije que no. Necesitaba estar a solas conmigo. Felipe también me llamó, con la propuesta de tacos y cervezas en casa y también me negué.
Quería respirar, volver a encontrarme por unas horas porque últimamente, sin darme cuenta, había asumido tantas responsabilidades que no tenía tiempo ni para leer ni para tomarme un café.
Así que me fui. Me senté en uno mis rincones favoritos de la ciudad con un libro, cuando de repente se acerca este “don” con una sonrisota de “soy galante e intelectual”.
-Muy interesante esa novela.
No he levantado la vista. Respiro. Recuerdo los modales que me enseñó mi padre. Lo miro y le devuelvo:
-Ah, ¿sí? Veamos qué tal, a penas lo empiezo. Gracias.
Regreso al libro. Él sigue parado a mi lado. ¿Por qué? “Váyase, ombe, estoy diciendo en mi cabeza mientras espero que capte el mensaje. Pero no se va. Y continúa:
-Sí, es magnífico. El autor logró retratar muy bien la sociedad de aquella época. Tiene una narrativa descriptiva espectacular. De hecho, en uno de los capítulos del libro se desarrollan unas tertulias entre los personajes…y al final te das cuenta de que…

- ¡Amigo! - Le digo, casi gritando.
-Yo no sabía que este libro venía con audio.

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